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Opinión: Alfonso Balmori

Sobre alergías y contaminantes: "Malditas pelusas"

Agentes invisibles, como los gases contaminantes del tráfico y la industria, los aditivos alimentarios y las radiaciones artificiales omnipresentes, provocan un debilitamiento del sistema inmunológico que hace a las personas hipersensibles a factores como el polen

Martes 2 de junio de 2009 · 646 lecturas · rss article rubrique


Hace unos días alguien escribía en EL NORTE sobre los perniciosos efectos de las pelusas de los chopos en las alergias primaverales. Terminaba recomendando a las administraciones públicas que, puesto que los chopos están perfectamente localizados, acabaran cuanto antes con ellos para eliminar el problema de raíz (especialmente apropiado tratándose de árboles).

Esta leyenda tan extendida, me hizo recordar cómo, hace unos años, en un pueblo ubicado en la encrucijada de tres provincias castellanas, estos mismos argumentos se llevaron por delante a una notable chopera que daba sombra al arroyo de San Moral y refrescaba el ambiente en verano. Los vecinos sentenciaron que el motivo de las alergias primaverales eran esas molestas pelusas volantes, y cortaron los árboles para que cejaran en su empeño de hacer enfermar a la gente. No sabemos si los espíritus de esos chopos, tan injustamente culpabilizados, continuarán rondando por el pueblo mientras liberan pelusas espectrales, porque a pesar de la drástica tala, las alergias no se han acabado.

El hombre, como los demás primates, es una especie eminentemente visual. A diferencia de los cánidos, que caminan olisqueando todo a su paso, las personas utilizamos la vista como principal receptor de estímulos para relacionarnos con el mundo que nos rodea. Alguien dijo que lo que no se conoce no existe, y realmente en nuestro subconsciente debe ocurrir algo así, al menos en las interpretaciones que asignamos a muchos hechos cotidianos.

Los chopos utilizan finos hilos, en forma de pelusas que recuerdan al algodón, para transportar sus pequeñas semillas a grandes distancias. Es un sistema de dispersión barato y eficaz, que emplean también algunos animales como las arañas. Pero ni las pelusas ni las semillas que llevan en su interior son responsables de las alergias. Los alergólogos explican que es el polen el causante de buena parte de las crisis alérgicas primaverales. Los granos de polen son muy pequeños, generalmente invisibles, y es necesario utilizar instrumentos ópticos para observarlos. Aunque en algunos casos la acumulación de polen se hace patente a simple vista; por ejemplo flotando en los charcos bajo los pinos tras una tormenta (’lluvia de azufre’).
Pero la cuestión es más compleja y tampoco se trata de hacer cargar con las culpas, por producir tanto polen, a esos inmensos campos de cereal, a los cipreses del cementerio o a las hileras de los frondosos plátanos, que hacen de la ciudad un ambiente más llevadero y habitable.

Algunas primaveras hay más polen en el aire. Las fluctuaciones dependen de la intensidad de la floración, íntimamente relacionada con las lluvias primaverales. Las reacciones de las personas alérgicas dependen de la concentración de polen. La cantidad de polen que flota en el aire es, como hemos visto, variable y dependiente de factores ambientales, y no aumenta su concentración año tras año; sin embargo el número de alérgicos al polen crece en número y porcentaje de población cada nueva primavera, afectando ya casi a una de cada tres personas, independientemente de la lluvia, la humedad, la temperatura y de la concentración de polen en el aire de la ciudad.

El sistema inmunitario está siendo comprometido por multitud de factores que lo debilitan, contaminantes artificiales que recibimos o inhalamos. El polen, en condiciones normales, no provocaría tantas respuestas alérgicas, pero en presencia de esos contaminantes la población está cada vez más ’sensibilizada’ y su sistema inmunológico reacciona de una forma desproporcionada ante su presencia.

El último número de la revista científica ’Pathophysiology’ publica un artículo de Olle Johansson investigador del prestigioso Instituto Karolinska sueco, que revisa los resultados de docenas de estudios que han investigado los efectos de las radiaciones electromagnéticas sobre el sistema inmunitario, y concluye que dichas radiaciones distorsionan el funcionamiento de la barrera inmunitaria y provocan varios tipos de reacciones alérgicas e inflamatorias.

Empiezan a encajar las piezas. Agentes invisibles, como los gases contaminantes del tráfico y la industria, los aditivos alimentarios y las radiaciones artificiales omnipresentes, provocan un debilitamiento del sistema inmunológico que hace a las personas hipersensibles a factores como el polen. Todo esto sucede de modo imperceptible, hasta que hacen su aparición las pelusas, tan evidentes, lo invaden todo y cargan con las culpas.

Ya lo intuía el tío Genaro, al que caparon la boina los quintos, con la sencilla sabiduría que otorga la observación meticulosa y el conocimiento íntimo del mismo entorno a lo largo de muchos años: «Algo raro pasa en el pueblo, la gente joven enferma y la salud de la población ha empeorado los últimos años». Puede parecer irónico que en medio de aquel pueblo, junto a la iglesia, rivalizando con la hermosa torre mudéjar, dos orgullosos mástiles de telefonía parece que se estuvieran riendo de los antiguos chopos aniquilados, de los alergógenos como el polen y de todos nosotros. En la botica lo saben bien: desde que las instalaron, la salud de la población se ha venido abajo, y las alergias, ya sin chopos ni pelusas, continúan aumentando. Pero el pueblo tiene buena cobertura.

Alfonso Balmori
Biólogo


Fuente: Texto: Alfonso Balmori, El Norte de Castilla, 02-06-2009.