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Artículo de opinión de la Federación

«El día en que la indignidad superó los límites máximos»

Y, casualmente, todas las variaciones son a favor de más construcción o de más discrecionalidad (¿arbitrariedad?) para el Ayuntamiento; pero aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada

Lunes 17 de marzo de 2008 · 112 lecturas · rss article rubrique


Artículo de opinión

Ángel Bayón Gozalo,
presidente de la Federación Vecinal de Valladolid

A poco que uno siga la política municipal puede asistir a sucesivos atropellos a la democracia. Atropellos en la práctica diaria de quienes ostentan el poder y lo ejercen adoptando decisiones administrativas que, pese a su formal apariencia, carecen de los valores más nobles e imperecederos del Estado de Derecho.

La actitud de los políticos del gobierno municipal suele ser así: ante la adversidad, violentos y, ante la responsabilidad, cobardes:

Desde la aprobación de un presupuesto municipal con vulneración de la normativa reguladora de la aplicación del Patrimonio Municipal del Suelo, echando la culpa de la paralización de inversiones municipales a quienes alegan la vulneración o la consigue por vía judicial en los tribunales, tras desoír sus reclamaciones en el período de información pública, en vez de a la propia incapacidad o desconocimiento profesional.

Pasando por el cambio de normativa municipal para la construcción de un aparcamiento que la Administración municipal desea a toda costa y cuya ubicación es reiteradamente declarada ilegal por los tribunales. De nuevo, la culpa de quienes lo denuncian, nunca del que ocasiona el conflicto.

Siguiendo por la declaración judicial de nulidad por ausencia de objeto y tarifa de las tasas de alcantarillado y de depuración con repercusiones en cinco ejercicios económicos y que sigue después de un año pendiente de respuesta a las más de 20.000 familias que reclamaron el reintegro de estos ilegales cobros, obligando a esos ciudadanos, ante el silencio municipal, a acudir a los tribunales, pero sembrando dudas para quien coordina esa legítima acción sobre el destino de los dineros. Evidentemente, sin reconocer error alguno propio.

Nadie duda que quien democráticamente es elegido por una mayoría de votantes (no de “los” ciudadanos, como muchas veces confunden interesadamente los políticos) dispone de un amplio ámbito de discrecionalidad en aplicación de su visión de la ciudad, apoyada en la mayoría de votos. Pero discrecionalidad no es lo mismo que arbitrariedad.

Sin embargo en los últimos días hemos asistido a un punto de indignidad más allá del cual nos encontramos ya ante el abismo. Que una norma tan relevante para todos como el Plan General de Ordenación Urbana, que es el instrumento que diseña el estilo de ciudad y determina qué se puede o no hacer en cada metro cuadrado del término municipal, sea aprobada por el órgano municipal competente, el Pleno, documento que a su vez es controlado por la Administración regional competente, la Consejería de Fomento, y que, finalmente, lo que se publica en el Boletín Oficial, que obliga a todos, no coincida ni con lo acordado por unos y lo corregido por otros, supera con creces lo que el ciudadano decente puede soportar.

Y, casualmente, todas las variaciones son a favor de más construcción o de más discrecionalidad (¿arbitrariedad?) para el Ayuntamiento. Pero aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. El cambio de artículos debió aparecer por generación espontánea en el Boletín Oficial y ningún técnico municipal las redactó o ningún político municipal las promovió o ningún técnico y político regional omitió su control. En fin, la arrogante impunidad, la ausencia de autocrítica, la cateta contumacia.

Es claro que se producen y producirán estrategias desinformativas para desviar la atención de la opinión pública hacia asuntos banales, que no dan respuesta ni solucionan preocupaciones: o estamos en periodo electoral, dicen unos, o es cosa juzgada, aducen alcalde y consejero, o vaya usted a saber qué. Pero sucede que el personal no es completamente idiota y se percata de la jugada. No cuela. Huele a maniobra desesperada. En política la verdad es lo que los ciudadanos perciben como verdad, no lo que los políticos tratan de que parezcan verdad. Precisamos de grandes dosis de sentido del humor para que los políticos dejen de considerarnos meras marionetas sin opinión y si este asunto no nos mueve de nuestra poltrona para exigir responsabilidades, se seguirán dando más y más pasos y, al cabo, el abismo nos absorberá.