Contactar | asociaciones | Mapa del sitio | Sitios Web | listas correo | webmail | Facebook | Twitter | Canal Youtube | cavecal | ceav | RSS

Federación Vecinal de Valladolid Antonio Machado


Portada del sitio > Áreas > Movilidad > «Ruedas y pasos»

Revista de Prensa. El Día de Valladolid. Opinión: Alfonso Balmori

«Ruedas y pasos»

Los coches devoran la ciudad y atropellan los derechos más básicos del ciclista y el peatón, debemos lanzarnos a caminar y recuperar la bicicleta como medio de acudir a clase y al trabajo porque, potencialmente, somos peatones antes que conductores; entonces, ¿por qué no nos concedemos la prioridad?

Lunes 26 de febrero de 2007 · 123 lecturas · rss article rubrique


En días con viento norte varios visitantes llegan a la ciudad. Además del frío inclemente de las masas de aire polar, asedian los terribles efluvios de cierta industria que procesa grasas animales (¿pobres mascotas, lo que tienen que comer...!) o los del basurero, donde acaban y se procesan nuestros propios desechos. Desaparecida Nicas, aquella fumarola industrial amarilla por la que los viajeros palentinos adivinaban la proximidad de la capital solo permanece en el recuerdo. El viento sur es diferente, el olor de la alcoholera evoca imágenes infantiles, aroma de tarta de chocolate con una copita de coñac.

Los gases expulsados por los tubos de escape no dependen de la dirección de los vientos, aunque estos ayudan eficazmente a limpiar el aire viciado que se convertiría en irrespirable sin ellos. Aquí el coche no solo es el amo de la carretera, también es el rey de la ciudad. La cuestión es que casi todos tenemos uno, y asumimos esta situación como de absoluta normalidad. Unos cuantos lo utilizan para ir al bar de la esquina, y no tener que caminar más de cien metros seguidos sin tomarse un respiro. Las consecuencias de una movilidad centrada en el coche no se dejan esperar. Problemas de contaminación por ozono y partículas (disparadas con la proliferación de los motores diesel) superan los niveles legales una y otra vez, sin que se aprecie ninguna intención de tomar medidas al respecto. El ’día sin coche’ se ha convertido en un trámite vacío de contenido; una imagen algo lamentable del verdadero interés oficial por el problema, que sí se celebra con orgullo y coherencia en otras importantes ciudades europeas.

Seguimos construyendo aparcamientos en el centro y creando nuevos barrios periféricos, que obligan a utilizar el coche más todavía. La dispersión de nuevas urbanizaciones en los alrededores de la ciudad aleja el anillo verde que nos permite respirar, y engulle a los pueblos del alfoz. Se acentúan los problemas de abastecimiento de agua potable, depuración de las aguas residuales, recogida de basura... Aumentan, en general, los gastos de los servicios públicos.

Comentario aparte merecen las reuniones invernales multitudinarias de conductores con casco y volumen de ruido en el puño, que reflejan un encomiable hermanamiento, pero también un derroche de energía prescindible. Una especie de monumento al cambio climático y a la contaminación de la ciudad, especialmente si coinciden con situaciones anticiclónicas de inversiones térmicas y niebla.

Pero somos bastantes los que disfrutamos paseando y procuramos no utilizar el coche, salvo cuando es estrictamente necesario, en solidaridad con nosotros mismos, con los demás ciudadanos y con el planeta. El tráfico de la ciudad está organizado con semáforos que maximizan el tiempo de paso de vehículos y minimizan el de las personas. En Valladolid encontramos varios ejemplos extremos en los que las personas no tenemos tiempo material de cruzar. Es el caso de algunos semáforos de la Avenida de Salamanca, o del paseo de Zorrilla a la altura de la Plaza de Toros. Es como si el paso del tiempo fuera más apremiante para el conductor que para el peatón, en esta versión postmoderna de la teoría de la relatividad. Otro peligro son los semáforos que parpadean en amarillo para los coches mientras están abiertos para el peatón. En estos casos solemos cruzar con gesto temeroso, mirando de refilón al automóvil que amenaza con abalanzarse encima y los gemelos bien dispuestos para la carrera en caso de embestida. Esto ocurre, por ejemplo, en los accesos al Campo Grande desde el Arco de Ladrillo.

Vivimos en una ciudad bastante llana, apta para utilizar la bicicleta asiduamente. Algunos inconvenientes menores, el frío y la lluvia, duran pocos días, que suelen coincidir con los mayores embotellamientos. Sin embargo, la situación actual no estimula al ciudadano a cambiar de hábitos. Es evidente que no existen suficientes carriles bici. Es la pescadilla que se muerde la cola. Se podían haber aprovechado las modificaciones urbanísticas de varias avenidas importantes para crearlos con algunas actuaciones sencillas. Resulta absurdo, por ejemplo, tener que ir en coche hasta las afueras y sacar la bicicleta para hacer deporte sin riesgos por el carril bici del pinar. Se palpa un miedo generalizado a coger la bici, y estas se ven abocadas a transitar por aceras y pretiles, invadiendo territorios antes reservados al apacible peatón, lo que provoca un desplazamiento de trayectorias en cascada. En estas condiciones, ¿por donde puede ir tranquilo el paseante? Algunas calles que, desde la inocencia del ciudadano confiado, pensábamos que iban a ser peatonales, como Perú o la misma acera de Recoletos, vías alternativas durante el cierre de Miguel Iscar, una vez finalizadas las obras siguen invadidas por los coches.

Los coches devoran la ciudad y atropellan los derechos más básicos del ciclista y el peatón. De todos depende que vayan cambiando las cosas. Debemos lanzarnos a mover las piernas para caminar y recuperar la bicicleta como medio de acudir a clase y al trabajo, mientras se acelera la llegada de los coches con combustible de hidrógeno y los eléctricos, más saludables para todos. Necesitamos carriles bici que salgan radialmente del centro a la periferia, donde todos podamos disfrutar de la bicicleta. Potencialmente, somos peatones antes que conductores; entonces, ¿por qué no nos concedemos la prioridad?

Alfonso Balmori
Biólogo


Fuente: Texto: Alfonso Balmori, El Norte de Castilla, 10-13-2007.